POR JOSE ARMANDO TORIBIO
SANTIAGO.R.D… La educación dominicana enfrenta una realidad que no admite indiferencia, más de 110 mil maestros obtuvieron calificaciones insuficientes o regulares en la evaluación de su desempeño profesional, el dato no es una simple estadística, es una advertencia sobre las debilidades que persisten en el sistema educativo y una señal de que algo debe cambiar en la formación de quienes tienen en sus manos la enseñanza de millones de estudiantes.

Que el 75.1 % de los docentes evaluados presente dificultades en el ejercicio de sus competencias profesionales obliga al país a detenerse y preguntarse si estamos preparando adecuadamente a nuestros maestros para responder a las exigencias de la educación actual.
No se trata de señalar ni desacreditar a quienes dedican su vida a enseñar, muchos de ellos enfrentando dificultades y grandes sacrificios, se trata de reconocer que la vocación, por sí sola, no basta, educar exige conocimientos, preparación, actualización y herramientas para responder a las necesidades de una sociedad que cambia constantemente.
Tampoco sería justo colocar toda la responsabilidad sobre los hombros de los maestros, el Ministerio de Educación, las universidades y las autoridades responsables de las políticas educativas deben revisar sus propios procesos, las condiciones de trabajo, los recursos disponibles y el acompañamiento pedagógico que reciben los educadores.
Ahora corresponde actuar, los resultados deben convertirse en programas de capacitación, seguimiento y oportunidades reales de superación profesional, no podemos conformarnos con publicar cifras y reconocer debilidades mientras miles de estudiantes continúan esperando una enseñanza que les permita desarrollar sus capacidades y alcanzar sus sueños.
La República Dominicana ha invertido importantes recursos en educación y tiene derecho a exigir que ese esfuerzo se traduzca en aprendizajes de calidad, los promedios de 84.2 puntos en primaria y 83.9 en secundaria muestran que también existen fortalezas, pero el desafío es lograr que ningún estudiante quede condenado a recibir una educación limitada por las deficiencias del sistema.
El país no necesita buscar culpables, necesita asumir responsabilidades, los maestros deben comprometerse con su preparación, las universidades revisar la calidad de la formación que ofrecen y las autoridades garantizar las condiciones necesarias para enseñar.
Al final, detrás de cada aula hay una familia que confía en la escuela, una madre que espera que sus hijos tengan mejores oportunidades y un estudiante que sueña con convertirse en un profesional, esa esperanza no puede quedar atrapada entre estadísticas, discursos y promesas.
La educación no puede seguir esperando, un país que no prepara bien a sus maestros compromete el futuro de sus hijos, y una nación que descuida la formación de sus nuevas generaciones termina hipotecando sus propias oportunidades de desarrollo.