La vulgaridad no da liderazgo político

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POR NEGRO VERAS
La actividad política llevada con altura y respeto se enriquece y eleva a quienes en ella intervienen con objetivos que persiguen cambios sociales. Discutir criterios ideológicos con elegancia prueba decencia en los contendores, a la vez que contribuye a embellecer la polémica. Demuestra vigor en sus alegatos aquel que no cede ante la diatriba que le lanza el rival que solo sabe impugnar sin razonar. Argumentar sin base es propio de quien está huérfano de alegatos convincentes.
 
 La política hay que hacerla con gusto, imprimirle gracia. El que la ejerce debe dar demostración de que está en ella para hacerla atractiva, libre de grosería y rudeza; la desnaturaliza aquel que la utiliza para satisfacer sus deseos de dañar y desquitarse de quien cree que lo ha lesionado. La venganza no debe tener espacio en el corazón de los que tienen como motivo para luchar el bienestar colectivo.
 
 Solo aquel que está en política barata recurre a palabras sin esencia, hace exposición vacía y ausente de contenido, diferente al que habla con solidez que con un discurso explicito enseña que se comporta paladinamente probando sin rodeos lo que encierra su proposición. Quien no domina los temas objeto de sus planteamientos está expuesto a hacer el ridículo y la manera de esbozar los asuntos le lleva a ser visto como un extravagante merecedor de escarnio.
 
 El que participa en la política y es portador de la verdad, no necesita utilizar la falsedad como refuerzo porque entonces desnaturaliza la fidelidad de sus ideas. La proposición basada en principios se hace admirable por la certeza que le imprime el exponente que saca de la realidad viva la fundamentación que justifica lo que procura probar. Para demostrar lo auténtico no hay que armarse de artificios.
 
El trabajo político debe realizarse lleno de gracia para hacerlo atractivo. La agilidad mental la demuestra el que interviene discutiendo con gallardía, analiza los temas deduciéndolos de hechos concretos y prueba lo que quiere justificar sin tergiversaciones ni expresiones ofensivas.
 
 Cualquier labor que se haga con fines nobles, no puede ser hecha recurriendo a la mortificación de los demás. Por muy áspera que se presente la contienda política, al margen de ella hay que mantener las habladurías, porque los díceres solo contribuyen a crear malos entendidos, resentimientos y conflictos personales que en nada enriquecen la controversia sobre la materia que sea. El intercambio de ideas es elegante cuando se da entre individuos con fortaleza ideológica.
 
 La persona de buena formación familiar, educativa e ideológica aporta a la disputa política, porque está hecha para cambiar de impresiones e impugnar sin tener que llegar a hastiar a su antagonista. Aquel que escribe o de cualquier forma trata asuntos de controversiales  debe ser lo suficientemente ecuánime para comprender que encontrará litigantes que le van a contestar sus opiniones. La porfía ideológica impone compostura y comedimiento entre los polemistas.