Un cuento de García Márquez sobre las fiestas navideñas

0
33

CULTIRA VIVA

m

Por Lincoln López

En nuestro país casi todo es por temporada: la pelota, la de carnaval, la Semana Santa…Ahora estamos inmersos en la “temporada navideña” iniciada cuando cada cual la proclama, y termina cuando es sustituida por otra fiesta. En teoría, la primera celebración sería la Nochebuena, y, la última, con el Día de los Reyes Magos. Otra posterior fue borrada de las costumbres por pobre: la Vieja Belén.

Se percibe el cambio en el medio ambiente, y, por el cambio que se produce en muchas personas. Es como una aceleración del consumismo: fiestas y fiestas, compras y compras, “angelitos” van y “angelitos” vienen, comer y comer, beber y beber…en fin, algo muy distinto del sentido propio de la Navidad.

Frente a esta situación quise reproducir un cuento de uno de los grandes maestros de la literatura universal: Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – México D.F., 2014) cuya temática principal son las fiestas navideñas, en donde destaca los aspectos más “hipócritas de esta celebración”, el cual publicaremos y comentaremos en varias entregas. Dice así:

“Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran.

“Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siga creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.

“Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes,  cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación popular. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau. (Continuará)